(1ra parte)
Lo sentenciaron a cadena perpetua en aislamiento total, lo encerraron para siempre en una celda subterránea de la sección B. No obstante, hay que admitirlo, la dirección del penal fue piadosa y le concedió el privilegio de la luz, una pequeña ventana al borde del techo a tres metros y medio del piso, de tal forma que ni con el mejor de sus saltos alcanzara a ver algo.
Se rebeló junto con miles pero cometió el pecado de ser organizado. Se les persiguió con más furia de la habitual, en su búsqueda cayeron compañeros, su familia y su pareja. Hasta que dieron con él. La tortura fue especial en su caso, con calma, metódica, salpicada de sangre, electricidad y escusados, los días se borraron entre interrogatorios, torturas y atención médica para resistir otra tanda de las dos primeras.
Un día llegaron por él, lo atendieron, disimularon sus heridas, en el inter hasta lo bañaron, lo peinaron y, por fin lo sacaron, sobrevivió, sonrió. Le tomaron fotos y lo llevaron a firmar una declaración que nunca había declarado, para después ser enjuiciado en las entrañas recién pervertidas de la ley y recibir el castigo del Estado.
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