"…Después vinieron las masacres de Aguas Blancas y Acteal, y no hice nada porque no era zapatista, ni campesino. Después vino la represión en Cancún, Guadalajara y Atenco, y no hice nada porque no era altermundista, globalifóbico ni comunero. Después llego la PFP a Oaxaca y no hice nada porque no era oaxaqueño. Después mataron a más de cuarenta mil personas entre narcos, sicarios, soldados, policías y miles de inocentes y yo no hice nada porque me paralizó el miedo. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hacer algo por mí."

Frase reeditada a la mexicana por su servilleta, se le atribuye erróneamente a Bertolt Brecht en realidad la dijo/escribió (¿?) Martin Niemoeller.

jueves, 5 de junio de 2014

Epifanías escatológicas


Si retornar fuera una condición y ésta fuera consciente para nosotros, quizás las risas y el disfrute se verían ensombrecidos por las penas y el sufrimiento que invariablemente van intercalados con los primeros.
 
El caso es que desde muy chico recuerdo haber tenido la idea, muy vaga entonces, de que cuando uno muere, volvía a nacer. Con el tiempo fui buscando y fortaleciendo esa idea. Nunca participé de ninguna religión y la cuestión de un dios no me atraía mucho que digamos. Hasta los veintitantos todo normal, pero llegó un día en el que me dirigía a mi departamento, recién saliendo del metro, y algo  pasó, en síntesis fue una cadena de eventos que se sucedieron más o menos así: Doblo la esquina y pasa un carro último modelo con un grupo de juniors riendo dentro, avanzo unos pasos y veo en la banqueta una caca de perro, la rodeo, subo la vista y en un edificio en construcción frente a mi, en un tercer o cuarto piso no recuerdo,  estaba en el hueco de lo que sería una ventana, un albañil comiendo una torta y tomándose una coca. Baje la vista y en ese momento lo supe; Dios no existe.  

¿Por qué la situación en su conjunto me llevó a esa conclusión? Aún no lo sé, pero desde ese momento ya no me quedó ninguna duda.  La cuestión de la inexistencia de dios en sí no me causó mayor conflicto, lo que si me entristeció después, fue que tampoco eso de la reencarnación podía ser real. A la larga la insoportable brevedad del ser, entristece pero ayuda a disfrutar las cosas, creo.

Por otro lado, el hecho de que mi tremenda revelación teológica quede irremediablemente atada en mi memoria a la caca de un perro resulta un poco extraño.

1 comentario:

Anónimo dijo...

“La adversidad es una carambola imposible. Una chuza robada por el diablo. Un trista algoritmo inoperante”
Velasco, X. (2012) La edad de la punzada. México: Santillana Ediciones S.A. de C.V.
La caca de perro quizás es una de esas carambolas.

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