Si retornar fuera una condición y
ésta fuera consciente para nosotros, quizás las risas y el disfrute se verían
ensombrecidos por las penas y el sufrimiento que invariablemente van
intercalados con los primeros.
El caso es que desde muy chico recuerdo haber tenido
la idea, muy vaga entonces, de que cuando uno muere, volvía a nacer. Con el
tiempo fui buscando y fortaleciendo esa idea. Nunca participé de ninguna
religión y la cuestión de un dios no me atraía mucho que digamos. Hasta los
veintitantos todo normal, pero llegó un día en el que me dirigía a mi
departamento, recién saliendo del metro, y algo pasó, en síntesis fue una cadena de eventos que se sucedieron más o menos
así: Doblo la esquina y pasa un carro último modelo con un grupo de juniors
riendo dentro, avanzo unos pasos y veo en la banqueta una caca de perro, la
rodeo, subo la vista y en un edificio en construcción frente a mi, en un tercer
o cuarto piso no recuerdo, estaba en el
hueco de lo que sería una ventana, un albañil comiendo una torta y tomándose
una coca. Baje la vista y en ese momento lo supe; Dios no existe.
¿Por qué la situación en su conjunto me llevó
a esa conclusión? Aún no lo sé, pero desde ese momento ya no me quedó ninguna
duda. La cuestión de la inexistencia de dios en sí no me causó mayor conflicto,
lo que si me entristeció después, fue que tampoco eso de la reencarnación podía
ser real. A la larga la insoportable brevedad del ser, entristece pero ayuda a
disfrutar las cosas, creo.
Por otro lado, el hecho de que mi
tremenda revelación teológica quede irremediablemente atada en mi memoria a la
caca de un perro resulta un poco extraño.
1 comentario:
“La adversidad es una carambola imposible. Una chuza robada por el diablo. Un trista algoritmo inoperante”
Velasco, X. (2012) La edad de la punzada. México: Santillana Ediciones S.A. de C.V.
La caca de perro quizás es una de esas carambolas.
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